Crecer en la costa caribeña de un país tan desconocido para el imaginario global como lo es Honduras, ha sido el eje principal de mi práctica artística. Este estrecho, localizado entre las 2 masas continentales que forman lo que conocemos como Norte y Sur América, Nuevo Mundo, y todos los sinónimos nombrados por navegantes provenientes de rincones del globo, a esta tierra vasta y rica en cada aspecto imaginable. Vivir frente al mar Caribe crea fuertes lazos identitarios y comunitarios en la vida diaria. Entender el “otro” como el “nosotros múltiple” con la naturaleza como un organismo único, en conexión con el océano en un territorio lleno de color y música que es el sello identitario de esta región.

Nací en territorio garífuna, un grupo étnico descendiente de africanos y aborígenes caribes y arahuacos originario de varias regiones del Caribe. También se les conoce como garinagu, indios negros, caribes negros o Black Caribs. A pesar de ser un grupo etnico de aproximadamente 600,000 habitantes, la herencia ancestral de la cultura garífuna ha sido el vórtice de la cultura e identidad hondureña.

En realidad, el término "garífuna" se refiere al individuo y a su idioma, mientras que garinagu es el término usado para la colectividad de personas, siendo una etnia establecida después de la invasión de Colón al Nuevo Mundo. Existen evidencias de tribus indígenas en distintas islas del Caribe como San Vicente entre otras. Los garífunas surgen de los esclavos africanos fugados de los barcos negreros de los ingleses y fueron trasladados a las costas del Caribe hondureño por los mismos esclavistas a las costas de Honduras.

Pueblo que posee una estrecha vinculación entre la música y la espiritualidad afro-caribeña, que gusta de los ritmos enérgicos y cautivadores del tambor e instrumentos ancestrales que se utilizan hoy en día con toda normalidad en la costa hondureña.

Personalmente las caracolas marinas, uno de los instrumentos protagónicos en la música garífuna, han sido un instrumento fundamental a lo largo de mi formación como artista, ya que nací y aprendí a tocarlas como instrumento musical desde era un niño, gracias a la herencia ancestral aún viva en la costa atlántica de mí país.

La caracola marina es el único instrumento de viento que se utiliza hoy en la música tradicional garífuna y tiene una fuerte conexión espiritual entre el océano y la vida.

El caparazón se convierte en un instrumento de viento cuando se corta la parte superior en espiral puntiaguda y se sopla el aire a través de la abertura con los labios. La embocadura de labio cerrado y zumbante que se usa al tocar instrumentos de viento de metal, también se usa para crear el sonido conocido como "el espíritu del océano" a través de la caracola.

Acompañado de una danza autóctona, los garífunas identifican este baile como originario de su cultura, proveniente del rito de la fecundidad, muy similar al usado por algunas tribus de África.

Antiguas leyendas sobre el nombre de este baile llamado “Punta” mencionan, estas danzas como un ritual funerario que los garífuna bailaban de punta a punta de la costa. Lo practican cuando un miembro de la tribu como una celebración cuando un miembro de la tribu regresa a la naturaleza y nos acompañará en espíritu por el resto de la eternidad con nuestros ancestros. De ahí trasciende parte de mi interés en conectar estas prácticas ancestrales, especialmente en un momento de crisis sanitaria, como el actual.

En el Caribe junto a los garífunas conviven y comparten poblaciones con ascendencia holandesa, francesa, inglesa y española mezclados con todos descendientes de los pueblos originarios sobrevivientes del exterminio producto de la conquista e invasión de América. Por tal razón para nosotros los hijos descendientes de estos navegantes europeos y pueblos originarios, resulta un ejercicio complejo, poder definir nuestra cosmovisión ancestral que ha sido históricamente arbitrada por el yugo católico, que persiste en borrar toda señal identitaria ancestral que nos articule e interconecte con la tierra.

Lastres post-coloniales como la influencia de lo blanco, y el mundo de los blancos como eje identitario de superación y desarrollo, influenciado por el capital monopólico que en la primera mitad del siglo XX, han logrado instalarse con toda comodidad en la región y persisten hasta nuestros días.

Un siglo XX marcado por la Europa devastada por la guerra, intercambió la batuta del control político de la región latinoamericana por otra no menos voraz llamada Estados Unidos. Principal responsable de los Golpes de Estado en América Latina, además de ser el gobierno asesor y financista de las dictaduras más sangrientas y represivas a lo largo del continente. Dejando marcada la historia en la segunda mitad del siglo XX en Centroamérica y El Caribe, con el derrocamiento del gobierno progresista del presidente Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, dando inicio a la agenda injerencista estadounidense en la región.

A pesar de la compleja y violenta historia política de la región del Caribe, y la lucha permanente en resistencia de los movimientos campesinos e indígenas en la región en contra de los grandes monopolios extranjeros, que únicamente extraen los recursos naturales explotables a través de grandes consorcios transnacionales en esta región. Han logrado sobrevivir entre nosotros la cosmovisión y las prácticas ancestrales de los Pueblos Originarios, de quienes erróneamente se valida su existencia desde la invasión al continente en el año 1492, cuando en realidad estas primeras poblaciones tienen más de 5,000 años de historia y herencia ancestral que vive en todos nosotros, hijos de estos territorios.

Mi acercamiento e interés por discursar a través del arte las prácticas ancestrales de la región del Caribe, como una muestra de resistencia incluso en el campo artístico; también arbitrado por los centros hegemónicos de poder en Norteamérica y Europa, son parte escencial de mi discurso artístico, cuyas prácticas ancestrales han sido reducidas a un tipo de exotización museística y decorativa, llevada a cabo principalmente por arqueólogos y antropólogos de origen norteamericano y europeo, a través del estudio de los restos materiales encontrados, en su mayoría en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX.

Historiadores y etnógrafos basando sus investigaciones en crónicas de guerra, sacerdotes y viajeros, o utilizando diversas fuentes como la historia oral, han sumado posibilidades que podemos agrupar en las ciencias antropológicas. Pero muy pocas han utilizado el testimonio aún vivo de los descendientes directos de estos pueblos en la región del Caribe como una forma de investigación y generación de pensamiento.

El conocimiento ancestral de estos Pueblos Originarios nos brindan una doble perspectiva: por un lado, la experiencia estética que estimula los sentidos, y provoca asombro e interés, haciéndonos testigos de un primer grado de conocimiento y universalidad muy ajeno a nuestras creencias occidentales impuestas. La segunda es la que surge cuando consideramos estas prácticas y rituales ancestrales como un sistema de símbolos con el que estamos estrechamente conectados como especie, con fenómenos naturales, espirituales e ideológicos.

En este último caso, estas prácticas ancestrales son el catalizador de una valiosa fuente de conocimiento que nos permite conectarnos con nuestro entorno, a través de una conexión espiritual estrechamente ligada con la naturaleza y su fauna, que han mutado y viven de forma regular en nuestro entorno y han dejado testimonio de su historia, transmitiendo este conocimiento a través de la historia oral.

En este sentido, estas prácticas rituales consideradas erróneamente extintas, están fuertemente ligadas a las cosmovisiones de estos pueblos originarios, han permitido a los públicos actuales conocer mundos y posibilidades que antes eran consideradas extintas e irremediablemente perdidas en la era contemporánea.

La evidencia física sobre la importancia de estas prácticas rituales con instrumentos musicales, son la frecuencia con la que aparecen en ofrendas funerarias en excavaciones arqueológicas, siendo una viva evidencia de la conexión espiritual que tuvo la música en la vida de nuestras primeras civilizaciones y nos hacer reflexionar sobre el papel fundamental que tiene la música y el sonido a lo largo de nuestras vidas.

Afortunadamente, es posible dar una interpretación puntual más allá de la herencia ancestral que ha sobrevivido a lo largo de la historia, así como rescatar la tónica musical de estas melodías o presenciar las danzas, que sin duda son una parte esencial de una conexión entre la naturaleza, nuestros pueblos y su mediación con el plano espiritual.

No sólamente podemos hacer representaciones puntuales a través de estas evidencias arqueológicas y las recreaciones contemporáneas, de nosotros los descendientes directos de estas primeras civilizaciones.

Mi existencia temporal en un entorno como el que ofrece Europa Central, me hace desarrollar una mediación entre estos 2 mundos. Por una parte, desarrollando una práctica artística en el universo del blanco, privilegiado y acaparador. Y por otro lado la cosmovisión y conexión espiritual con el océano, en un entorno carente de éste.

Producto de la mediación entre estos 2 universos en los que convivo surgen gestos como el de Ocean Echoes, una acción de corte espiritual y de conexión con el “nosotros múltiple” la naturaleza a través de la búsqueda y conversación con mar y nuestros ancestros, utilizado como puente el eco producido por una caracola marina traída desde el Caribe que apela a la memoria territorial de los alpes suizos, un territorio que una vez estuvo sumergido en el mar hace millones de años y nos hace reflexionar, sobre nuestra reciente y frágil existencia como especie.